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La Samaritana

Un episodio sobre el agua viviente

Del Evangelio de San Juan, capítulo cuatro

AUNQUE casi todos hemos oído el término «buen samaritano», ¿comprendemos exactamente quiénes eran los samaritanos y cuánto odio y desprecio les tenían los judíos? Para los judíos de la época de Jesús, la palabra «samaritano» era ni más ni menos que un insulto (V. S. Juan 8:48). Pero ¿por qué detestaban los judíos a los samaritanos?

En el año 720 a.C., Salmanasar, rey del Imperio Asirio, invadió Israel y llevó cautivas a las diez tribus del Norte. Poco después, el rey mandó traer a gentes de Babilonia y de otras lejanas tierras para que habitaran las ciudades del norte de Israel donde antes habían vivido los israelitas. Con el tiempo la región llegó a llamarse Samaria (2Reyes 17:22-29).

Al principio estas gentes eran paganas, pero unos 200 años antes de Cristo tuvieron que convertirse forzosamente al judaísmo. Puesto que no creían sino en los cinco primeros libros de Moisés y éste nunca hizo mención de que Jerusalén fuera una ciudad santa, los samaritanos no adoraban en el templo judío de aquella ciudad. Para ellos el monte Gerizim de Samaria era el lugar más sagrado. Consideraban que allí se debía adorar a Dios, y en su cima edificaron un templo. Por ser, pues, los samaritanos una raza mixta, cuyas costumbres y culto religioso diferían de los judíos, éstos los consideraban inferiores y no se asociaban para nada con ellos.

EN CIERTA OCASIÓN en que huía de Sus enemigos religiosos de la tierra de Judea, Jesús decidió dirigirse hacia el norte, a Galilea, Su provincia natal. La ruta más corta y directa entre Judea y Galilea era a través de Samaria, si bien muy poco transitada. Los judíos, sin embargo, detestaban tanto a los samaritanos que en lugar de pasar por su tierra, cruzaban al otro lado del río Jordán dando un largo rodeo para evitar Samaria. Pero Jesús dejó asombrados a Sus discípulos cuando resolvió conducirlos directamente a través de Samaria.

A fin de zafarse de sus enemigos, Jesús y Sus discípulos habían salido de madrugada y recorrido muchos kilómetros de terreno accidentado y desigual. Ya el sol estaba casi en su cenit y el calor del mediodía se dejaba sentir sobre aquellos hombres que andaban cansados por el camino que discurre entre el monte Gerizim y el monte Ebal. Al doblar una curva, respiraron aliviados al ver nada menos que el pozo de Jacob, que el gran patriarca Jacob y sus hijos habían cavado casi 2.000 años antes.

Sedientos y agotados por los rigores del viaje, se detuvieron junto al famoso pozo, ansiosos por apagar su sed; mas no tenían cántaro con que sacar el agua, que estaba a unos 30 metros de profundidad. Además, se les había agotado la comida. A menos de un kilómetro de allí, en el hermoso valle que forman los dos cerros, se encontraba la ciudad samaritana de Sicar (llamada Siquem en el Antiguo Testamento). En vista de ello se decidió que irían a la ciudad a procurarse comida y bebida. Pero Jesús estaba extenuado. Había dormido muy poco la noche anterior, y como escasamente había comido y bebido ese día, se sentía sin fuerzas para seguir. Así que Sus discípulos emprendieron la marcha por el camino que conducía a la ciudad, y Jesús se sentó a descansar junto al pozo.

Al cabo de una media hora de haber partido Sus discípulos, Jesús oyó pasos de alguien que se acercaba. Al levantar la mirada, descubrió a una bella mujer vestida con una túnica larga y suelta, que venía, cántaro en mano, por el camino que llevaba al pozo. Ciertos ademanes en su forma de andar y de conducirse le revelaron a Jesús que se trataba de una mujer acostumbrada a una vida más bien relajada y licenciosa. Y efectivamente, era el escándalo del pueblo.

Al acercarse al pozo, Mara —así la llamaremos— se sorprendió de ver a aquel extraño sentado a la sombra. Lo miró un par de veces con recelo. «Un judío», se dijo para sus adentros. Y esperando que no la molestara se dispuso a bajar el balde dentro del pozo.

¿Me das de beber? —preguntó Jesús.

Sorprendida, Mara lo miró. Muy sorprendida, pues los judíos, por tradición, tenían prohibido beber de una vasija que hubiera tocado un samaritano inmundo, y más aún una mujer samaritana.

—¿Cómo es que Tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana? —le preguntó ella con cierta brusquedad.

Jesús respondió:

—Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», ¡tú le habrías pedido a Él, y Él te daría agua viva!

Mara, perpleja, sonrió y replicó:

—Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿Dónde tienes esa agua viva?

Con ánimo de bajarle los humos a aquel forastero judío, echó la cabeza para atrás y dijo:

—¿Acaso te crees mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?

Levantándose Jesús, se acercó al pozo y apoyó Su mano sobre el borde. Dijo:
—Todo el que beba de este agua volverá a tener sed, mas el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás; ¡sino que el agua que Yo le daré será en él una fuente que salte para vida eterna..

«¡Qué afirmación más extraordinaria! —pensó Mara—. Qué increíble sería tener interiormente una fuente de agua: ¡nunca más tendría sed!»

Sin estar del todo segura de si aquel extraño hablaba en serio, contestó:
—Señor, dame de ese agua, para que no me vuelva a dar sed y no tenga que venir siempre aquí a sacarla.

Jesús respondió:

—Primero ve y llama a tu marido, y tráelo.

—No tengo marido —respondió, afectando modestia virginal.
Jesús le dijo:

—Razón tienes cuando dices que no tienes marido. La verdad es que has tenido cinco, y el hombre con que ahora vives no es tu marido.

¡Mara quedó atónita! ¿Cómo podía aquel extraño saber esos detalles de su vida íntima? ¿Cómo era posible que los supiera a menos que fuera... un profeta? De pronto se le ocurrió una idea: Él sería la persona más indicada para hacerle la pregunta más polémica de la época.

—Señor, me parece que Tú eres profeta —dijo.

Tras una breve pausa, la samaritana señaló el templo situado no muy lejos de allí, en la cima del monte Gerizim, y continuó:

—Nuestros padres adoraron en este monte; en cambio ustedes, los judíos, dicen que en Jerusalén es donde se debe adorar.

—Mujer, créeme —Jesús le contestó— que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Llegará el día, y ya llegó, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque a tales busca el Padre que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.

La respuesta dejó a Mara boquiabierta. «¡Qué maravilla! —pensó—. ¡Ojalá fuera cierto! ¡Ojalá pudiésemos adorar a Dios interiormente en cualquier lugar!»

Reflexionó por un momento. Una cosa era preguntarle eso a un profeta; sin embargo, al que a ella más habría querido hacerle la pregunta era al Salvador, al Mesías.
Recostándose contra el pozo, dijo:

—Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo, el Ungido. Cuando Él venga nos declarará todas las cosas.

Jesús, mirándola profundamente a los ojos, le dijo:

—¡Soy Yo, el que habla contigo!

Mara, asombrada, se quedó mirándolo.

«¿Será cierto?... ¿Será este hombre el Mesías, el Cristo?», caviló. El corazón le empezó a palpitar con fuerza.

En ese preciso momento se vieron interrumpidos por el ruido de un grupo de hombres que se acercaban por el camino. Eran los discípulos de Jesús, que regresaban del pueblo cargados de pan, frutas y jarras de leche. Cuando llegaron donde estaba Él y comenzaron a sentarse, Mara se levantó de un salto y, abandonando su cántaro de agua, regresó corriendo al pueblo, situado a cierta distancia de allí.

Jadeando y respirando con dificultad, llegó enseguida a Sicar. El mercado bullía aún de actividad, y los hombres descansaban y conversaban a la sombra en las puertas de la ciudad.

—¡Vengan! —exclamó Mara emocionada, atrayéndose una muchedumbre—. ¡Vengan a ver a un hombre que ha adivinado todo lo que he hecho en la vida!

Muchos samaritanos de Sicar se reunieron en torno a ella para escuchar su sorprendente relato. Los dejó atónitos cuando exclamó:

—¡Y además me dijo que Él es el Mesías!

¡Al ver el convencimiento y el entusiasmo con que ella les hablaba, muchos creyeron que el hombre que había conocido en el pozo en efecto debía de ser el tan esperado Mesías!
Al poco rato, los discípulos de Jesús avistaron una gran muchedumbre que salía a toda prisa de la ciudad en dirección a ellos, y en medio del gentío a la mujer, que seguía hablando toda emocionada. Apenas llegaron al pozo donde Jesús se encontraba con Sus discípulos, le rogaron que se quedara con ellos en su ciudad para enseñarles. Él consintió en permanecer un tiempo allí. Los samaritanos, contentísimos, los acompañaron a Sicar y les ofrecieron la mejor comida y alojamiento que pudieron.

Durante dos días, Jesús estuvo enseñando en aquella ciudad, y los samaritanos escucharon con gran alegría la liberadora doctrina de que a los ojos de Dios no había diferencia entre judíos y samaritanos, y que para adorar a Dios no hacía falta estar en un lugar establecido. ¡No era necesario rendir culto en tal o cual templo! Al oír las hermosas Palabras de Verdad que les enseñaba, muchos creyeron en Él, y maravillados, le comentaban a Mara:

—Ya no creemos solamente por lo que nos dijiste tú. Ahora nosotros mismos lo hemos oído, y sabemos que este hombre verdaderamente es el Cristo, ¡el Salvador del mundo!

El último día, cuando Jesús y Sus discípulos se disponían a continuar el viaje a Galilea, una gran multitud se agolpó para despedirlos y regalarles vino y alimentos para el trayecto. Mara, con el corazón henchido de amor por Jesús, se abrió paso entre la muchedumbre para despedirse de Él. Sonreía de felicidad, pues había entendido plenamente el significado de las Palabras que Él le había dicho aquel día junto al pozo, y una fuente de agua viva manaba de su alma.

REFLEXIÓN

  • Jesús no vacilaba en quebrantar leyes religiosas y tradiciones para llevar el Amor de Dios a las almas perdidas y solitarias. No solo hizo caso omiso de las diferencias culturales, raciales y religiosas que existían entre judíos y samaritanos, ¡sino que además pasó por alto los pecados de la samaritana y descubrió que en el fondo era un alma que anhelaba el Amor y la Salvación divina!
  • Jesús le dijo a la mujer que de haber sabido ella cuál era el don de Dios, le hubiera pedido, y Él le habría dado agua viva que salta para vida eterna. He aquí una de las promesas más bellas de la Biblia. El don de Dios es la salvación, la vida eterna. Romanos 6:23 dice: «La dádiva [regalo] de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro». Estas aguas vivas simbolizan no solo la vida eterna, sino también el divino Espíritu Santo, ¡que según prometió Jesús viviría en nuestros corazones una vez que creyésemos en Él! (V. S. Juan 7:37-39.)
  • Jesús le dijo a la samaritana que «Dios es Espíritu». Asimismo la Biblia nos enseña que «el Altísimo no habita en templos hechos de mano» (Hechos 7:48), es decir, no vive en recintos religiosos. Éstos ni siquiera son esenciales para rendir culto o servir a Dios. Si bien ofrecen a los creyentes un lugar donde reunirse para adorar a Dios y comunicarse con Él, de ningún modo constituyen el único sitio idóneo para ello. Con Dios se puede conversar en cualquier momento, en cualquier parte. Para establecer una comunicación directa con Él basta que lo llames desde tu corazón. La Escritura nos enseña que el verdadero templo de Dios es el corazón del hombre, no un edificio material. ¡Él mora en todos los que aceptan Su Espíritu dentro de sí! Dice en 1Corintios 6:19: «¿Ignoras acaso que tu cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ti?» (V. igualmente 1Reyes 8:27; 1Corintios 3:16-17; 2Corintios 6:16; Apocalipsis 3:20.)
  • Los judíos creían que su doctrina era más correcta que la de los samaritanos. Sin embargo, Jesús, a pesar de haber recibido una educación judía ortodoxa, no intentó convertir a éstos al judaísmo ni convencerlos de que adoraran a Dios en el verdadero templo, el de Jerusalén. ¡Con tal de que creyesen en Él, Jesús los aceptaba en el Reino de Dios!

Ojalá aceptes tú también el magnífico regalo que Dios te ofrece: la vida eterna. ¡Que Su hermoso Espíritu de Amor inunde tu corazón!

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